viernes, 24 de enero de 2014

La Haya: el “mal vecindario” pasa la cuenta



En los próximos días va a conocerse el fallo del Tribunal Internacional de La Haya sobre el diferendo de límites marítimos entre Chile y Perú. Más allá de los pormenores del resultado, este episodio –al que debemos agregar el anuncio de Bolivia de recurrir al mismo tribunal para exigir solución al enclaustramiento marítimo que sufre desde hace más de un siglo– constituye un serio revés de la política exterior chilena.

Desde el retorno de los gobiernos civiles en 1990, la diplomacia chilena se ha caracterizado por un desprecio olímpico por los asuntos de América Latina, a la que, en un gesto de enorme soberbia y prepotencia, se motejaba de “mal vecindario”, mientras en paralelo se calificaba a nuestro propio país de “alumno aplicado” (del consenso de Washington y las recetas neoliberales, se sobreentiende).

Desde 1990, la política exterior chilena ha sido una política de mercachifles y tenderos que salen a buscar mercados para sus uvas, manzanas y berries. Por lejos, la principal preocupación de la diplomacia chilena la constituyó la búsqueda de acuerdos comerciales que abrieran los mercados de ultramar para los bienes primarios que forman nuestra canasta exportadora. En la medida que los principales objetivos eran EEUU, la Unión Europea y los mercados asiáticos, la prioridad comercial resultó en una muy baja prioridad diplomática para América Latina.

Como contrapartida, una de las principales señales políticas de Chile hacia América Latina ha sido su desorbitado gasto militar, el tercero de Sudamérica tras Brasil y Colombia.

A este cóctel de soberbia, desinterés hacia la región y lo que es percibido como una carrera armamentista, se agrega además el desprecio hacia demandas políticas de los países fronterizos, ante las cuales nuestro país se ha refugiado en una postura puramente jurídica, eludiendo los debates de fondo.

Esta actitud de la diplomacia chilena no es el fruto de tales o cuales características personales de quienes han estado a cargo de las relaciones exteriores con América Latina. La política exterior chilena es la prolongación en el espacio internacional de los objetivos políticos internos del bloque dominante, que a su vez están determinados por el patrón de acumulación capitalista primario-exportador instaurado por la dictadura y profundizado por los gobiernos civiles.

Durante la dictadura esta política exterior no tuvo ocasión de manifestarse, pues las prioridades de los cancilleres de la tiranía estaban en enfrentar el aislamiento internacional del régimen pinochetista. Al asumir los gobiernos civiles de la Concertación, despejada la variable de estabilidad y legitimidad institucional del gobierno chileno del escenario internacional, comenzó a aplicarse la política centrada en abrir mercados y atraer inversión extranjera, acompaña de las muestras de soberbia y prepotencia mencionadas, que corrían en paralelo al sometimiento a los dictados de los centros financieros internacionales.

La participación reciente de Chile en espacios de integración regional, como UNASUR o el CELAC, es muy insuficiente, porque carece de convicción profunda; ha estado marcada más por la necesidad de hacer frente y plantear alternativas al “populismo” –los proyectos políticos antiimperialistas del subcontinente– que por objetivos de largo plazo.

El Perú, que desde mediados de los años 90 empezó un proceso acelerado de asimilación de las recetas neoliberales, ya a mediados de la década pasada alcanzó tasas de crecimiento que superaron a las de Chile. Se transformó en competidor directo de nuestro país como exportador y como plataforma para atraer inversión extranjera. Una cuota importante de dichas inversiones corresponde a empresas chilenas, como LAN o Falabella, que han sido atraídas por el dinamismo de la economía peruana. Es en este contexto que la burguesía del Perú ha venido desarrollando una activa política exterior.

Por lo tanto, la demanda peruana no está motivada por el revanchismo ni el resentimiento, como caricaturiza la prensa chilena, sino por intereses políticos y económicos que se unen con y resignifican los recuerdos de la Guerra del Salitre. Es parte de la competencia económica entre las burguesías chilena y peruana por atraer el favor del capital transnacional.

Una política de integración regional soberana sólo puede nacer de un modelo de desarrollo y de fuerzas sociales distintas a las que hoy dominan en el país. Es necesario dejar atrás el capitalismo neoliberal y retomar la senda de soberanía nacional interrumpida en 1973, comenzando con la recuperación de los recursos naturales y los sectores económicos estratégicos, con el protagonismo de los trabajadores y los pueblos de Chile.

Se trata en definitiva de pasar del enfrentamiento entre pueblos hermanos al enfrentamiento conjunto con el verdadero enemigo, el imperialismo y sus aliados, las burguesías locales. En ese camino, los pueblos de Chile y Perú marcharemos unidos.

viernes, 10 de enero de 2014

El pueblo te llama Michelle





En las elecciones presidenciales de 1946, Pablo Neruda dedicó unos versos al candidato radical Gabriel González Videla, apoyado por el Partido Comunista: “Desde la arena hasta la altura,/desde el salitre a la espesura,/el pueblo te llama Gabriel,/con sencillez y con dulzura/como a un hermano, hermano fiel”.



El resto de la historia es conocido. Con el inicio de la Guerra Fría, González Videla se alineó con Washington e ilegalizó al PC. La política de alianzas con la burguesía “democrática”, levantada por el PC desde los años 30, se reveló como una ilusión y terminó en un completo fracaso.



Aunque no es probable un desenlace tan catastrófico, las mismas ilusiones se repiten hoy con el apoyo del PC a Michelle Bachelet y su decisión de entrar a formar parte del gobierno de la Nueva Mayoría (la antigua Concertación más el PC). En el pleno del Comité Central realizado el 21 de diciembre pasado, el PC fija su postura partiendo de varios supuestos falsos.



El primero de estos supuestos es que el programa de Bachelet “propone una transformación estructural del país, actuando sobre tres ejes principales: Nueva Constitución, Reforma Educacional y Reforma Tributaria”. Cualquier examen del programa revela que éste deja intocados pilares fundamentales del capitalismo neoliberal instaurado por la dictadura y profundizado por los gobiernos de la Concertación. Los cambios que se plantean no proponen terminar con el modelo, sino, como reconoció Ricardo Solari al diario español “El País” el 1° de Diciembre pasado, salvarlo: “lo único que pone en riesgo el modelo chileno es no hacer cambios”.



En primer lugar, el programa no propone cambios en aspectos como la legislación minera (ni menos revertir el 70% de privatización del cobre), las ISAPRES, las AFP y su régimen de capitalización individual ni el código del trabajo (Fundación Sol ha calificado las medidas laborales del programa de Bachelet como “tibias”).



En segundo lugar, en las áreas en que el programa sí plantea cambios, éstos vienen con letra chica. La Reforma Tributaria se acompaña de una reducción de los impuestos a los más ricos desde el 40% al 35%: con la “reforma” de Bachelet, Andrónico Luksic pagará menos impuestos.



En la Reforma Educacional, se busca legitimar las posiciones que ha conseguido la educación privada por el medio espúreo de declararlas “de interés público”, siguiendo un engendro conceptual denominado “régimen de lo público”, pergeñado por ideólogos concertacionistas como Alfredo Joignant, inspirado en las políticas del neolaborismo de Tony Blair para privatizar servicios sociales británicos.



En materia constitucional, la redacción de la nueva constitución quedará en manos del parlamento binominal, condimentada con “consultas” a los actores sociales que no son ni vinculantes ni resolutivas, un escenario similar al que fue en su momento la Comisión Asesora Presidencial por la Educación, creada por Bachelet para desmovilizar la rebelión de los pingüinos y terminar pactando la LGE con la Alianza.



Ése es el programa que el PC ha hecho suyo y al que jura lealtad política: el programa de la burguesía “progresista” para reconstituir la gobernabilidad del capitalismo neoliberal.



El segundo y decisivo supuesto del PC se deduce de lo siguiente: “debe quedar claro que no surge del programa un cuestionamiento del capitalismo como sistema. No se visualiza la contradicción Capital – Trabajo como la generadora principal del conflicto social”.  No es el momento de poner en el centro la contradicción capital-trabajo y por lo tanto hay que subordinarse a la “burguesía democrática”.



La del PC es la posición clásica del menchevismo: en una revolución democrática, el partido obrero debe subordinarse a la burguesía. El Lenin de “Dos tácticas” y el Marx de “Mensaje del Comité Central a la Liga de los comunistas” proponían algo diametralmente opuesto: en una revolución democrática, el proletariado debe ir mucho más allá del programa que está dispuesto a respaldar la “burguesía democrática” y debe mantener una orientación política independiente.



Es lo mismo que dice la experiencia latinoamericana reciente: la Revolución Bolivariana del Comandante Chávez pudo avanzar porque desde el principio rompió con el COPEI y Acción Democrática, el socialcristianismo y la socialdemocracia venezolanos, avanzando con su propio programa de reformas democráticas radicales de horizonte emancipatorio.


Allí donde del PC plantea subordinación, la izquierda anticapitalista debe plantear la independencia del movimiento social. Allí donde aquél se limita al programa de la burguesía “progre”, la izquierda anticapitalista debe levantar las demandas más avanzadas del movimiento social, aquéllas que rompen efectivamente con los pilares del capitalismo neoliberal: Asamblea Constituyente, renacionalización del cobre, fin de las AFP, educación y salud gratuitas y otras medidas realmente de fondo, que deben volver a sonar fuerte en las calles desde marzo.


Iván Vitta

lunes, 16 de diciembre de 2013

El ascenso de la Nueva Mayoría


Con la segunda vuelta, han terminado las elecciones iniciadas el 17 de Noviembre. La Concertación, hoy bajo la marca Nueva Mayoría, ha triunfado, logrando con éxito reorganizarse después de su derrota de 2010.

El éxito de la Concertación/Nueva Mayoría está dado por su capacidad de recuperar su votación histórica, instalando un nuevo relato político que ha hecho sentido entre sus bases de apoyo, confundidas y sin rumbo después de la derrota electoral frente a Piñera. Durante los primeros meses de la administración Piñera, la Concertación era un fantasma político, aquejado de fuertes divisiones e incapaz de instalar una estrategia coherente de oposición al gobierno de la Alianza.

Lo que vino a cambiar ese cuadro fueron las grandes luchas populares del 2011-2012, en particular la gran rebelión estudiantil del 2011. El quiebre del "sentido común neoliberal" y la instalación de demandas, como la exigencia de educación gratuita, que provocaban trizaduras profundas en la lógica sistémica, desgastó políticamente a la Alianza y su gobierno, los que, aferrados a una lógica neoliberal ortodoxa, chocaron violentamente con el nuevo sentido común popular instalado por las luchas sociales.

Es en ese contexto que la Concertación logra "reinventarse" políticamente, incorporando al Partido Comunista, más la vuelta al redil de los desprendimientos que, hoy bajo nuevas etiquetas como MAS e Izquierda Ciudadana, salieron en distintos momentos del conglomerado. Este operación de aggiornamiento tuvo como eje central la construcción de un nuevo relato político centrado en torno a la idea del "nuevo ciclo", que en términos breves consiste en que, hasta el 2011, no se podían realizar modificaciones profundas al modelo capitalista neoliberal, que lo que se hizo era lo que se podía dada esas circunstancias y que ahora se abre un nuevo ciclo político en el que sí se puede. Para darle credibilidad a este nuevo relato, se inventó la marca "Nueva Mayoría".

¿Qué tiene de nuevo la "Nueva Mayoría"? ¿Es cierto lo del "nuevo ciclo político"? Y, si la Nueva Mayoría tiene efectivamente algo nuevo y es verdad que hay un nuevo ciclo, ¿en qué consistirían esas novedades?

Para responder a estas interrogantes, es necesario remontarse en la historia política reciente y exainar el rol de la Concertación en la legitmación y profundización del modelo político, económico y social pinochetista, proceso que comienza en la segunda mitad de los años 80, liderado por la Democracia Cristiana.

La DC nació a la vida política con el objetivo histórico de modernizar el capitalismo chileno. Lo intentó al llegar al gobierno en 1964, pero las contradicciones y la profunda lucha de clases que atravesaba el país en ese período le impidieron estabilizar su solución modernizadora. Sería la dictadura, tras la derrota de la Unidad Popular, la que conduciría ese proceso de modernización capitalista. La DC se encontró así con un régimen cuya obra modernizadora compartía pero al que se oponía en el plano político porque aquél no era capaz de dotar de legitimidad social a esa obra.

La salida negociada a la dictadura fue la solución concordada por la DC, EEUU y los militares para preservar la "obra" del régimen militar y dotarla de una nueva legitimidad. Los años 90 fueron los de despliegue de esa estrategia de legitimación y profundización, basada tanto en los intereses de clase de partidos burgueses como la DC y cuadros del PS ya convertidos en intermediarios del gran capital, como Enrique Correa y Ernesto Tironi, como en la cooptación de la gran masa concertacionista por la vía de su incorporación al aparato estatal y sus redes clientelares construídas durante la dictadura.

El mundo "progresista" desarrolló en los 90 los vínculos necesarios con el empresariado para transformarse y validarse como alternativa a la DC en la conducción del aparato estatal. Dirigentes políticos como José Antonio Viera Gallo y Ricardo Solarifueron símbolos de este proceso, alternando entre los cargos públicos y los directorios de importantes sociedades anónimas. Este fue un proceso de alcance internacional que involucró a todo el mundo socialdemócrata, desarrollando su propia versión de la ideología capitalista neoliberal, una alternativa menos ortodoxa llamada "tercera vía".

Michelle Bachelet, Camilo Escalona, Osvaldo Andrade y otros dirigentes socialistas entonces de segundo nivel, pertenecientes al ala "radical" de la Nueva Izquierda, fueron los últimos en subirse a ese carro. Desde esa plataforma fueron "ascendiendo" y estableciendo las relaciones necesarias con el mundo de los grandes empresarios para convertirse en relevo político confiable, asumiendo la conducción del país en el cuatrienio 2006-2010.

De este modo, la fracción "progresista" de la elite concertacionista pasó poco a poco de ser sólo intermediaria política por cooptación a integrarse desde la periferia de la burguesía como cuadros orgánicos del gran capital. El hijo mayor de Bachelet, con su colección de automóviles de lujo "Lexus", es un ejemplo, dedicado a la asesoría de inversores extranjeros a partir de los vínculos desarrollados en su paso por la Dirección General de Relaciones Económicas (DIRECON) del Ministerio de Relaciones Exteriores cuando su madre era presidenta.

Esta participación periférica dentro de la gran burguesía es la base objetiva desde la que se pueden evaluar las perspectivas políticas de la Concertación/Nueva Mayoría en el período que ahora se abre. Ése es el elemento constante, que no cambia con el "nuevo ciclo" y que permite entender los elementos novedosos del escenario.

Lo verdaderamente nuevo es la erupción y emergencia del sujeto popular con las grandes movilizaciones del 2011-2012 y las trizaduras que abre en el discurso y el sentido común dominantes hasta ese momento. En ese contexto, la fracción política "progresista" del bloque dominante es capaz de determinar y hacerse cargo de la necesidad de introducir modificaciones en el modelo capitalista neoliberal, sin tocar sus fundamentos, para relegitimarlo.

A diferencia de la fracción conservadora del bloque dominante, de raigambre pinochetista, la fracción progresista no tuvo necesidad política de los amarres y aspectos más abusivos del modelo, en especial en el plano político constitucional. Nunca se sintió incómoda con ellos -y por eso nunca intenaron seriamente cambiarlos- pero llegada la nueva coyuntura, no tienen dependencias como para que sacrificarlos les suponga un perjuicio político, a diferencia de partidos como la UDI, que medraron al amparo de los amarres constitucionales.

Los límites político-estructurales de la Nueva Mayoría son, por lo tanto, cambiar lo suficiente como para volver a reconstruir la legitimidad y la gobernabilidad del capitalismo neoliberal y a la vez no cambiar demasiado como para arriesgar las bases del patrón de acumulación capitalista primario-exportador. En esto reside la novedad de la Nueva Mayoría: en que, ante la deslegitimación social del modelo, se ve obligada a introducir modificaciones a aspectos cruciales del ordenamiento político económico y social, buscando a la vez conservar la esencia del capitalismo neoliberal.

Ello implica la necesidad de cooptar y desmovilizar al movimiento social que ha emergido en los últimos años. Una pieza clave para esta tarea es la incorporación del PC a la Concertación/Nueva Mayoría, pues les da los vínculos con el movimiento social necesarios para llevar adelante la domesticación político-social. A cambio, el PC puede sacar mayores réditos políticos de los 300 mil votos en que su votación se ha estancado desde hace aproximadamente una década, en forma similar a como el Partido Radical ha sacado dividendos de su participación minoritaria.

Hay un elemento clave para este ascenso de la Concertación/Nueva Mayoría: la ausencia de alternativas políticas. El derrumbe de la derecha por un lado y la incapacidad de la izquierda de levantarse como alternativa válida, han despejado el camino para este aggiornamiento. Como base de todo ello, la debilidad del movimiento social y en especial de los trabajadores, que a pesar del crecimiento de sus luchas están lejos de constituir un factor de peso en el escenario político.

Este proceso, además, coincide con un proceso de renovación dentro de la elite concertacionistas/nueva mayorista. Ante el desprestigio de los partidos y de las figuras más destacadas de la "política de los acuerdos", como Camilo Escalona, Michelle Bachelet ha emergido como una figura cesarista por sobre los conflictos internos que ha sido capaz de ordenar a las huestes y atraer a la masa de apoyo concertacionista.

Hay en curso, en forma paralela, un proceso de emergencia de nuevos liderazgos, tanto dentro de los partidos como de figuras de la periferia concertacionista, como Giorgio Jackson y Javiera Parada. En la medida en que provienen de la periferia concertacionista y son ajenos a los núcleos más orgánicos ligados al empresariado, estas figuras tienen un cierto margen de acción más autónomo para plantear medidas más "progresistas", apropiándose de demandas levantadas desde el movimiento social para legitimarse, como ocurre con la educación gratuita en la caso de Jackson y de la Asamblea Constituyente en el de Parada.

Estos nuevos liderazgos, más la incoporación de figuras del ala derecha del movimiento social de 2011-2012, como Camila Vallejo, Iván Fuentes y el mismo Giorgio Jackson, permiten a la Concertación/Nueva Mayoría dotar de base a su nuevo relato político.

Reinstalada en el gobierno, la Concertación/Nueva Mayoría buscará tomar la iniciativa política desde arriba desde el primer minuto, en un movimiento de pinzas que instalará en el Congreso las iniciativas legislativas necesarias para llevar adelante sus reformas, por un lado, e intervenir activamente en el movimiento social, por el otro. Se buscará cerrar espacios a la emergencia de cualquier alternativa por la izquierda, política que ya fue enunciada por Carolina Tohá, siendo entonces presidenta del PPD, en entrevista a La Segunda a comienzos del año 2011.

Las aspiraciones políticas de la Concertación/Nueva Mayoría son refundacionales, buscando abrir un período de estabilidad y gobernabilidad por otras dos décadas. Contará para ello con recursos políticos y económicos y con la iniciativa política desde el aparato estatal.

Frente a esta ofensiva por parchar las grietas del edificio del capitalismo neoliberal abiertas por las movilizaciones populares de 2011-2012, la izquierda anticapitalista enfrenta enormes desafíos. En primer lugar, luchar por mantener la independencia del movimiento social frente a los intentos de cooptación y domesticación.

Segundo, ser capaces de disputar políticamente las reformas democráticas, buscando superar los límites que necesariamente buscará imponerles la Concertación/Nueva Mayoría, ganando a amplias masas populares para romper esos límites, manejándose tanto en escenarios de lucha callejera como de disputa institucional.

En tercer lugar, avanzar en grados de unidad política que le permitan expresarse como actor más o menos relevante, impulsando la lucha social e incorporando a más sectores a la lucha, en especial entre los trabajadores.


Iván Vitta

sábado, 23 de noviembre de 2013

Fracaso, avances, horizontes. Un balance de las elecciones y la candidatura de “Todos a La Moneda”




Fracaso, avances, horizontes.

Un balance de las elecciones y la candidatura de “Todos a La Moneda”


IvanVitta

Carla Amtmann

“Para no hacer de mi ícono pedazos,
para salvarme entre únicos e impares,
para cederme un lugar en su parnaso,
para darme un rinconcito en sus altares.

Me vienen a convidar a arrepentirme,
me vienen a convidar a que no pierda,
mi vienen a convidar a indefinirme,
me vienen a convidar a tanta mierda”
El Necio. Silvio Rodríguez



No hay nada más necesario tras un proceso como el recién vivido, que hacer un buen balance desde el punto de vista de quienes apoyamos la candidatura de Marcel Claude por el movimiento “Todos a La Moneda”, analizando los objetivos planteados y los resultados obtenidos.



Este escrito busca ser una contribución a ello.

                                      

Sin duda la evaluación está dominada por el resultado electoral. La baja votación obtenida por el candidato del movimiento Todos a La Moneda constituye objetivamente un fracaso ante la posibilidad de marcar un hecho político en esta contienda electoral presidencial, e instalar una alternativa desde la izquierda anticapitalista que efectivamente y más allá de lo testimonial, pudiera incidir en la agenda de un nuevo ciclo político.



Pero el fracaso requiere ser explicado, y junto con ello mirar lo que de este proceso también hemos ganado. Ni un poquito de autocomplacencia, ni análisis oportunistas o parcelados. Debemos tomar todo por partes, para volverlo a armar.  





El Fracaso



Cuando uno entra a la contienda electoral, la principal medición es el resultado en votos. Hay análisis en otros planos, necesarios e incluso determinantes para el futuro, pero lo primero y significativo es el resultado obtenido. Un partido se gana con goles, se hagan como se hagan. Aquí los votos cuentan, y con el 2,8% obtenido no ganamos la contienda ni tampoco alcanzamos la meta.



El desglose de datos así lo demuestra. Marcel sacó prácticamente lo mismo que le daba la primera encuesta CEP y menos que la lista de parlamentarios y de CORES de Todos a la Moneda.



La suma de los votos de Marcel con los de Roxana no nos dejan tampoco dentro del piso de la izquierda extraparlamentaria –antes de los lamentables pactos y acuerdos del Partido Comunista con la Concertación–, que se mantuvo entre un 5% y 6% en las últimas dos elecciones. Por otro lado, creemos que sumar, sin más, las votaciones de Sfeir y MEO, es un ejercicio aritmético que no se condice con las distancias políticas existentes con sus proyectos, que si bien plantean algunas críticas que compartimos al capitalismo neoliberal, no representan una ruptura radical contra dicho modelo.



Marcel Claude obtuvo un 2,80% de los votos; en senadores, la lista de Todos a La Moneda alcanzó un 3,47%; en diputados se alcanzó un 3,36%; finalmente, en cores se logró llegar al 4,51%. Aunque históricamente la izquierda ha obtenido menores votaciones en lo presidencial que en representantes de orden más local, podemos afirmar, de acuerdo a los resultados parlamentarios y de cores, que la candidatura presidencial no alcanzó a expresar todo su potencial electoral.

                                           

Pero los fracasos no solo están en esta candidatura, pese a que hoy nuestros ojos están puestos en aquello. La bajísima votación obtenida por Roxana también es un golpe para una propuesta popular que terminó condenada a lo testimonial, y si incluso miramos hacia el otro lado de la vereda, con la abstención como protagonista, ni Bachelet podría estar festejando; con menos votos absolutos que los obtenidos por ella misma en las elecciones el año 2005, se muestra que el supuesto impulso y fuerza de una nueva mayoría con la que viene a gobernar, no es tal.



Pero volvamos a mirarnos a nosotros: el fracaso electoral es claro. Lo que importa son las causas.





Las causas del fracaso



Los resultados estuvieron bajo las expectativas. No somos de los que obnubilados por el fenómeno de activación político-social que generó la candidatura, o el “ímpetu” de las redes sociales, creyeron que era posible llegar a los dos dígitos o incluso pasar a segunda vuelta. Pero sí nos vimos muy sorprendidos por los resultados, pues el 2,8% obtenido estuvo muy bajo respecto de un 5% que estimábamos como el piso de votación para hablar de una instalación política exitosa.



Este golpe recibido impone una primera y central pregunta ¿Por qué?



Partamos primero por cuáles creemos que NO son las respuestas.



En primer lugar, descartamos las respuestas fáciles que culpan al empedrado. Siempre los medios de comunicación de masas buscarán invisibilizarnos, siempre estaremos carentes de recursos y de tiempo. Éstas son dificultades no condenas, tal como lo muestran otros procesos políticos del continente que han podido avanzar en circunstancias igualmente adversas.



Creemos que son muy pobres también las explicaciones que culpan a la “juventud” de no ir a votar. La idea de que “los cabros no se levantaron” como explicación central, supone que el comportamiento electoral de determinados grupos debe adecuarse a las expectativas que nos hicimos de ellos, en lugar de considerarlos como objetivo de trabajo político electoral destinado a convencerlos de nuestro proyecto, sabiendo además que no podemos analizar las supuestas opciones políticas en función de parcelas etarias.



No compartimos tampoco los análisis simplistas y estereotipados que culpan del fracaso al comando o grupos dentro de él, o las debilidades del candidato. Si bien existieron objetivamente situaciones y estructuras que en nada operaron como requería la campaña, incluyendo errores del propio candidato, estas explicaciones no permiten determinar los factores políticos del fracaso y más bien procuran deslindar responsabilidades y reemplazar a un grupo de iluminados por otro, con el que supuestamente sí hubiéramos podido llegar al éxito. Es una historia y un patrón explicativo –el del grupo malvado que frustra un movimiento condenado al éxito– demasiado manido en el movimiento revolucionario como para ser tomado en serio.



Llegados a este punto, también queremos descartar la idea del “desplome” de la candidatura de Marcel Claude, pues aquí es donde creemos empiezan los errores y falencias que explican el resultado. No hay ningún antecedente serio que permita sostener la tesis de que Claude estuvo marcando seis o siete puntos, o cifras cercanas a los dos dígitos, y que en algún momento del tiempo la candidatura simplemente “se derrumbó”.



Si analizamos las encuestas, que a fin de cuentas no estaban tan erradas como se sostuvo en su momento, podemos afirmar que la candidatura de Claude nunca llegó a sobrepasar el 5% de aprobación. Si es que hay una caída, ella fue leve, quizás del 3,5% al 2,8% final, pero no más que eso. La encuesta IPSOS, que en algún momento le llegó a dar un 7% de aprobación, resultó muy lejos de los resultados finales (a Roxana Miranda por ejemplo, le asignó casi tres veces más que lo obtenido). La encuesta UDD-La Segunda, una de las que resultó más acertada en los resultados finales, nunca le dio a Claude más de un 3%.



Las causas del fracaso hay que buscarlas entonces, en factores colectivos de las fuerzas que apoyaron y levantaron la candidatura de Todos a La Moneda y sus relaciones con las fuerzas sociales que buscaba representar. Es dentro de este contexto, y no dentro de parcelas de análisis, donde hay que ubicar los factores individuales y de organización del comando central, la mesa política y todos comandos que trabajaron de Norte a Sur por la candidatura.



Es así que para nosotros hay tres ámbitos claves para explicarnos el fracaso electoral:



1)      Un análisis político  deficiente

No leímos la realidad en clave electoral y supusimos que el gran activismo político-social de la campaña, -un hecho objetivo comprobable en la enorme movilización electoral de adherentes y uno de los activos más importantes sobre los que se basó la candidatura-, se expresaría directamente en adhesión electoral en las urnas.



Se pensó que se contaba con un piso de votantes, alrededor de un 5%, que ya estaba asegurado y que a partir de allí la campaña debía ampliarse para llegar a otros sectores, en busca de los míticos dos dígitos, cuando en realidad ese piso no existía aún y conquistarlo debió haber sido uno de los objetivos principales.  



Como dijimos antes, esta candidatura no cayó en picada, sino que nunca llegó a estar en la altura que se supuso.



De aquí pueden derivarse múltiples errores de despliegue y énfasis comunicacionales, que terminaron teniendo una candidatura con poca claridad hacia los votantes de su perfil y enraizamiento social.



En definitiva no primó un análisis electoral certero, limitando la posibilidad de saltar del activo político social aglutinado a una expresión electoral contundente.



¿Razones de la falta de este análisis? Múltiples, pero por sobretodo carencia de capacidades individuales y colectivas, como falta de espacios eficientes para su desarrollo. Todas ellas las podemos remitir, a su vez, a la falta de un vasto enraizamiento social que predominó en las fuerzas integrantes del movimiento Todos a La Moneda.



2)       Incapacidades Organizativas

Una de las grandes fortalezas de esta candidatura fueron los comandos locales. Las voluntades conjugadas y entregadas a un objetivo común, sin ninguna retribución a cambio más que la certeza que estamos construyendo un nuevo camino de profundas transformaciones,  llegaron a ser el corazón de Todos a la Moneda y de las candidaturas. Hombres y mujeres, de diversas edades, de grandes ciudades y localidades pequeñas, que se levantaron sin orientaciones más que una voluntad irrestricta por difundir esta alternativa.



Pero pese a este corazón voluntario que bombeó fuerte, la sangre no logró fluir.



Fueron las incapacidades organizativas como movimiento las que no permitieron dar mejor cauce a la fuerza de los voluntarios: carencia de una columna electoral fuerte, insuficiente número de voluntarios para equipos centrales, una red de comunicaciones y propaganda débil.



No se logró coordinar correctamente las labores de la mesa política y del comando, lo que hizo que la campaña careciera en la práctica de una cabeza política definida que pudiera proveer de insumos al candidato. Por ejemplo, jamás hubo una discusión sobre campañas como “Marca tu Voto”, que permitieran generar una orientación política, por lo que muchos temas fueron finalmente improvisados y resueltos por el candidato, generando, como en este caso, señales políticas erráticas, a contrapelo del sentido común que imperaba en la izquierda.



En este fenómeno se expresó la existencia de dos visiones políticas contrapuestas sobre la campaña, que en líneas gruesas podemos expresar como “un movimiento para impulsar la campaña” o “una campaña para impulsar el movimiento”.



Estas importantes carencias organizativas impidieron finalmente darle impulso a la campaña presidencial y realizar plenamente el potencial político electoral de la candidatura, abordando las tareas centrales que se desprendían de los datos político-electorales, como por ejemplo ser capaces de trabajar para enfrentar el 50% de desconocimiento del candidato, que  a la luz de los resultados, era claramente una de las principales tareas.



3)      El fenómeno electoral que no fue

Nuestro candidato se constituyó en un fenómeno para el activo político-social de izquierda, huérfano en el cuadro general de fuerzas políticas nacionales, pero no para la gran masa de los votantes.



La simbiosis entre un activo político-social entusiasmado y el candidato fue retroalimentándose, generando un discurso exitista que fuera del movimiento fue leído como mesianismo.



En una campaña, el rol del candidato siempre es clave para inyectar fuerza y optimismo a los sectores que lo apoyan. Como recurso comunicacional, el discurso de “pasar a la segunda vuelta” era legítimo, pues ninguna candidatura puede limitarse a ser un eco de las encuestas, aunque le asignen un bajo resultado. Pero nadie tuvo la capacidad ni para tomar distancia de este recurso ni para ajustar la estrategia a la realidad político electoral fuera del círculo de los adherentes entusiastas.



Para superar todas las carencias con las que ya sabíamos que cargábamos, se necesitaba generar un fenómeno electoral que no fue.



Terminamos la contienda electoral con una medición que es reflejo de la propia fuerza real que se logró desplegar e impulsar en ciertos sectores, y no así el impulso de una candidatura su generi que podría superar las deficiencias objetivas que aun como izquierda no se logran enfrentar.



La decisión de apoyar a Marcel Claude fue correcta, pues se reveló como la candidatura que más cerca estuvo del piso de un 5% que estimamos el mínimo para hablar de una alternativa instalada en forma exitosa. Si hablamos de fracaso, es precisamente porque dicha candidatura permitía plantearse ese objetivo. Nuestra apuesta no fue el folklore político ni hacer antropología de la pobreza, -opciones por ciertas legítimas-, sino marcar un hecho político a nivel nacional con efectiva proyección de gobierno. Fue el resultado el que constituyó un fracaso, no el haber hecho la apuesta.





Los avances



Pese a que no logramos cumplir el objetivo central de instalar una alternativa política relevante a nivel nacional, logramos avances sustantivos en la construcción de fuerza política y social.



La campaña nos deja con un activo político social coordinado, que hasta comienzos del 2013 no existía, articulado y con claros ejes programáticos.



Logramos construir un alto nivel de confianza política entre fuerzas con niveles significativos de inserción social en el mundo sindical, territorial y estudiantil que estuvimos en la campaña. Ésta es una base política que debe proyectarse en función de superar la dispersión y fragmentación endémica que sufre la izquierda, pues entendemos que la unidad no será fruto de esfuerzos de buena voluntad ni de la elección correcta del momento político, sino de la existencia de fuerzas con inserción político-social real para las cuales la unidad se constituya en necesidad objetiva para avanzar.



El voto de Marcel Claude es un voto activo. Las grandes movilizaciones electorales generadas –marcha al SERVEL para la inscripción, acto del Caupolicán, acto de cierre de campaña– así como el esfuerzo sostenido durante los nueves meses de la campaña,  nos muestran a miles de voluntarios trabajando con esfuerzo y entrega por transformar Chile. Más allá del fracaso electoral, son miles de voluntades que siguen dispuestas para la lucha, y que hoy tienen como prioridad la organización e inserción social.



Hitos dentro de estos avances en organización e inserción de masas lo constituyeron candidaturas de organizaciones políticas y sociales que obtuvieron cifras de respaldo muy interesantes en términos de proyección política, y también muy por sobre la media obtenida dentro del Movimiento Todos a la Moneda, y que junto con ello reflejan una votación con compromiso activo, y por tanto con voluntad de apertura e involucramiento en procesos de articulación y lucha para los próximos años.



Algunos de los ejemplos a destacar son el de Sebastián Farfán, secretario general de la UNE y ex dirigente estudiantil del año 2011, quien obtuvo 7.301 votos y un 6,3% en el distrito 13, Valparaíso, Juan Fernández e Isla de Pascua en su candidatura a diputado. También la candidatura a diputado de Luis Soto, gran dirigente de Modatima y férreo defensor del agua, igualmente de la región de Valparaíso, quien en el distrito 10 obtuvo el 5,85% de las preferencias con 7.126 votos.  Doris González, candidata a core y dirigente del Movimiento de Pobladores Ukamau, alcanzó 6.480 votos en la circunscripción provincial Santiago III (Estación Central, Cerrillos, Maipú); la lista llegó a 18.899 votos, con un 8.14% de votación; en su comuna, Estación Central, Doris logró 2.427 votos, frente a 930 obtenido en octubre de 2012 como candidata a concejal. Viviana Abud, secretaria general del sindicato SITECO de trabajadores subcontratistas de El Teniente, de Rancagua, como candidata a core llegó a 3.376 votos y un 4,28%, dentro de la lista que obtuvo 7.477 votos y un 9,48%. En la provincia Cordillera (Puente Alto, San José de Maipo y Pirque), Julio Oliva, de los Comités Comunistas, postuló a core y llegó a 3.047 votos, un 2,13%, y la lista llegó a 8.514 votos y 5,97%. Finalmente, en la Circunscripción Senatorial de Coquimbo, Luis Vega, candidato a senador del MPMR, logró 15.585 votos y un 6,48%.



Estos son algunos ejemplos –hay otros a nivel nacional dentro del TALM y candidaturas muy cercanas a éste, como la de Víctor Hugo Bahamonde en Chiloé, que se posicionó a nivel territorial como un importante liderazgo con un 5,84%- de candidaturas que efectivamente impulsaban una unidad de la lucha social con la lucha política, y en ello aportaron por terminar con esa supuesta distancia entre ambas, logrando ser así parte de las candidaturas con mejores resultados comparativos dentro del Todos a la Moneda, y por sobretodo con una importante proyección político social y electoral a futuro.



Resultados en este plano, y por sobretodo los ejes programáticos y de lucha que se proyectan, constituyen un salto hacia adelante en términos de construcción de fuerza política e inserción social de izquierda. Es un activo político sobre el que queremos seguir construyendo, convencidos de que la organización real es la única base segura para futuros avances. Somos fuerzas que superando la fragmentación, buscamos irrumpir en el escenario nacional, y hemos dado hoy un paso significativo en dicho cometido que tendrá mucha más historia que estos breves meses.



Por ello no dudamos ni un ápice en afirmar que si bien tenemos un escenario desventajoso de injerencia nacional desde una alternativa política dentro de estos años, tenemos avances sumamente significativos que sin este trayecto no habríamos alcanzado y que nos permiten proyectar un proceso de suma  relevancia nacional para la construcción política de una fuerza anticapitalista para Chile.





Los horizontes



No podemos pensar en ningún caso, que nuestros horizontes políticos estarán ajenos a lo que a nivel nacional se fragüeen estos próximos cuatro años de gobierno. El cambio de eje gravitante dentro de la Concertación, los golpes electorales recibidos por la Democracia Cristiana, la profunda crisis de la derecha política y la llegada al parlamento de jóvenes que han sido relevantes a nivel nacional debido a su protagonismo en el movimiento estudiantil –Boric, Jackson y Vallejos- son claras señales del cambio de ciclo político que se comienza configurar desde el año 2011 y del que tanto se ha escrito.



Faltan aun cosas por resolverse dentro de estas semanas y meses para lograr tener un análisis certero de la configuración del próximo gobierno, y por tanto aspectos más precisos serán obviamente tomados en otras hojas aún por escribir.



Sabemos que será necesario un análisis más fino, más allá de las generalidades y trazos gruesos con que se ha caracterizado desde la izquierda anticapitalista al bacheletismo. Es preciso caracterizar en forma detallada cuáles serán las vías por las cuáles la Nueva Mayoría buscará cooptar y desmovilizar a los movimientos sociales, qué están dispuestos a transar los grandes empresarios y el capital transnacional para comprar nuevamente paz social, cuáles serán los ejes discursivos, y con qué políticas concretas se implementarán las líneas generales.



Pero pese a ello hoy debemos preguntarnos, ¿Cuáles son los aspectos centrales que debemos impulsar como fuerzas anticapitalistas que hoy no tenemos presencia ni en el parlamento ni obviamente menos en el gobierno? ¿Cuál es nuestro rol y nuestro aporte en la lucha político social que hemos de impulsar para cambiar Chile?



No hay confianza ni expectativa alguna en el rol del gobierno de Michel Bachelet para configurar los cambios profundos en Chile. Al neoliberalismo no lo venceremos sin un pueblo organizado, consciente y movilizado, ni tampoco sin una fuerza política que sea capaz de impulsar un programa verdaderamente transformador. De Bachelet y el “progresismo” concertacionista podemos esperar, paralelamente a las migajas que pródigamente dispensará para cooptar y desmovilizar el movimiento social, centenares de obstáculos para que dicha fuerza efectivamente surja y se consolide.



Nuestro deber es entonces crear e impulsar dicha fuerza.



Por ello será clave la unidad que se logre desplegar a nivel político social y en las luchas sectoriales. Que podamos contribuir efectivamente a ese impulso multisectorial que tiene la llave para poner los temas relevantes como agenda nacional, y luchar por ellos conquistando a cada vez más adherentes por las grandes transformaciones. En este impulso hemos de confluir con todos quienes tienen este mismo horizonte. No podemos caer ni en mesianismos ni en sectarismos estériles, sobre todo en estos próximos año, donde lo que necesitamos es unidad en las calles, y alcanzar esa masividad y fuerza de años anterior. Sin eso solo estaremos poniendo en la bandeja de la cooptación, y por tanto en manos de los vaivenes del gobierno, a un movimiento débil e incapaz de mantener su propia agenda.



Debemos a su vez enraizar los ejes programáticos que entre tantas voluntades y esfuerzos se han podido construir durante largas y arduas luchas. Enraizarlos en sectores que lo defiendan, en posibilidades políticas y técnicas que lo sostengan y por su puesto también, enraizarlo en el corazón y mente del pueblo chileno como voluntad y posibilidad real de cambio. Con ese programa combatiremos todas los entreguismos del próximo gobierno cuando el gran empresariado venga a presentarle la factura de pago a todas las regalías entregadas. Con ese programa se medirán las labores de los parlamentarios y sus cercanías con la demandas populares, y por sobretodo con ese programa se construirá la columna vertebrar de la nueva fuerza anticapitalista que tenemos que lograr construir.



Debemos robustecernos, tener cada vez más herramientas para enfrentar las siguientes contiendas, que en ningún caso son sólo electorales. Por ello no podemos creer que hoy la tarea se reduce a la mera construcción partidaria de una fuerza electoral. Ella sólo puede ser producto de un esfuerzo mancomunado de lucha social. Nuestras debilidades durante estas elecciones no fueron solo por falta de instrumento electoral, sino que por sobretodo fue por falta de instrumento político. Y como nosotros construimos para subvertir la realidad, nuestros instrumentos no se basan ni en dinero, ni en triquiñuelas legales o solo en algún liderazgo, sino que se ha de basar por sobretodo en un pueblo organizado, consciente y movilizado.



De ahí venimos, ahí siempre hemos estado y desde ahí nacerá todo lo que tengamos que levantar para seguir avanzando. Por ello la preocupación central que debiéramos tener desde los comunales existentes y desde las fuerzas que levantaron este proyecto, es el enraizamiento social y programático. Ahí estará nuestra segunda y gran medición, en la cual ya no podemos dejar espacio alguno para fracasos.   



Podemos parecer necios hoy, pero las condiciones que han mostrado a un Chile descontento, aguerrido y movilizado, tienen raíces tan profundas que solo podrán ser resueltas con cambios de igual magnitud. Por eso es revolución o nada, y hoy lo que parece anécdota, mañana hará historia.