sábado, 29 de marzo de 2014
Las elecciones de rector en la U. de Chile y los desafíos de las fuerzas de cambio
Comparto con ustedes esta muy buena columna del compañero Fernando Encina, delegado de postgrado de la FECH, sobre las elecciones de rector de la Universidad de Chile.
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El escenario de movilización social abierto durante los últimos años en Chile, aquel que hubo de gestarse durante la primera década del milenio y que comienza definitivamente a nacer con la potencia de las calles en el 2011, dio inicio y lugar a importantes discusiones al interior de las fuerzas políticas de la izquierda transformadora. El programa antineoliberal construido al calor de las más importantes movilizaciones de las últimas décadas, ha puesto a las fuerzas de cambio en una importante situación de proyección política, trayendo consigo mayores responsabilidades y la necesidad imperiosa de aprender aceleradamente a abrir camino, ya no sólo en el plano de las palabras sino que en el de la realidad misma.
Esta necesidad se ha hecho mucho más palpable a propósito de los últimos procesos de disputa electoral librados tanto hacia los órganos de Estado, como en el seno de los espacios organizativos autónomos de la sociedad civil. Luego de varios aprendizajes, hoy nuevamente los sectores que promovemos cambios estructurales para el sistema educacional y la sociedad en su conjunto deberemos enfrentar un proceso político-electoral de gran importancia, sobre el cual resulta ineludible debatir y desarrollar proyecciones: se trata de las elecciones de Rector y autoridades universitarias a realizarse durante el mes de mayo en la Universidad de Chile, institución cuya gravitación social y política en la sociedad chilena constituye un hecho indiscutido, dado su lugar histórico en el despliegue de los procesos sociales emancipadores, así como en su capacidad contingente de marcar pauta y posiciones en lo que respecta a la política de Estado, hoy particularmente tensionada.
Los contenidos de nuestra apuesta se presentan ya suficientemente esclarecidos. La construcción de un gobierno triestamental y democratizado en todos sus niveles, que impulse transformaciones profundas en el sistema de acceso a la educación superior, en las definiciones y orientaciones para la producción y extensión del conocimiento, y que instituya condiciones laborales dignas para los trabajadores académicos y no académicos del espacio universitario, son objetivos posibles de alcanzar en la medida que éstos primen a la hora de organizar a las fuerzas transformadoras para hacer frente y lograr los mayores pasos de avance en este momento político.
Ahora bien, lo que otorga mayor relevancia a la coyuntura política y electoral de la Casa de Bello se ubica por sobre todo en el plano de la disputa por el contenido de la reforma educacional impulsada inicialmente por los movimientos sociales y hoy tramitada de diversas maneras y con distintas intensiones por los sectores políticos del statu quo, con énfasis en el gobierno entrante de la Nueva Mayoría. El carácter difuso de su programa educacional y la ausencia de un diseño para el inicio de su implementación es probablemente la primera escena de un camino que ha de abrir álgidos procesos de conflicto a los cuales las fuerzas transformadoras hemos de llegar con las más robustas y pulidas herramientas.
Resulta fundamental contar con una voz clara y rotunda, investida por la potencia histórica de la Universidad de Chile y que incida con fuerza en los escenarios venideros. Una que ingrese al campo de disputa proponiendo claridades profundas sobre la apuesta de transformaciones estructurales masivamente anheladas e impulsadas, y que haga frente a los engañosos planteamientos que hoy entran a escena de la mano del nuevo gobierno con su torcida propuesta relativa al estatuto de “lo público”[1]. Nuestra voz ha de sostener y profundizar la caracterización que el movimiento estudiantil ha comenzado a plantear en el debate, a saber, que el rol del Estado no es el de sostener el financiamiento a los proyectos educativos privados, sino el de fortalecer y extender un sistema de educación estatal, gratuito, universal y de calidad en todos sus niveles, cuyo financiamiento debe estar contemplado en el presupuesto de la nación para cubrir sus requerimientos a través de fondos de libre disposición, es decir, a ser administrados autónomamente por las comunidades de las instituciones estatales receptoras.
A todas luces, el momento político resuena con altas exigencias para la izquierda transformadora, y en la Universidad de Chile deberemos estar a la altura de las circunstancias. Actualmente el proceso electoral cuenta con dos candidaturas a Rector que coinciden en la defensa de los aspectos programáticos aquí explicitados y que se posicionan a favor de los intereses y demandas levantadas por los movimientos sociales. Se trata de los profesores Ennio Vivaldi y Gonzalo Díaz, ambos importantes figuras políticas y académicas del espacio universitario, que cuentan con grandes aptitudes para encabezar un esfuerzo colectivo y unitario con reales posibilidades de disputa electoral. Nuestra tarea: concitar la unidad de los agrupamientos que cada precandidatura ha construido y levantar desde allí un programa y una candidatura única, mancomunando esfuerzos que hoy corren el peligro de verse enfrentados y compitiendo por la adhesión electoral académica, reeditando la dinámica de dispersión e impotencia que últimamente ha caracterizado los esfuerzos de la izquierda y echado por tierra la posibilidad de posicionar una alternativa que facilite los procesos de lucha social y política durante los próximos años. Una participación disgregada en esta coyuntura pudiese además significar el ascenso al gobierno universitario de fuerzas realmente perjudiciales, tanto para los procesos internos de la institución como ante los posicionamientos públicos que durante los próximos cuatro años determinarán en gran medida los esperados avances o potenciales retrocesos de las fuerzas sociales transformadoras.
Nuestra claridad ha de estar en anteponer los objetivos políticos comunes y actualmente alcanzables a cualquier otro criterio ordenador del proceso de disputa político y electoral en curso. Hasta ahora los espacios de elaboración programática y el levantamiento general de las campañas de las candidaturas en cuestión han transitado por distintos y distantes caminos, situación que disminuye cada día las posibilidades reales de convergencia. Tenemos poco tiempo para resolver esta delicada situación, por lo que sentarnos a dialogar, levantar juntos un único y definitorio proceso de construcción programática y, paralelamente, acordar la mejor forma mediante la cual se ha de resolver la candidatura única y definitiva del sector, son tareas urgentes y para las cuales se requiere el concurso de los esfuerzos de la mayor cantidad de actores de la comunidad universitaria.
viernes, 7 de marzo de 2014
El gabinete gatopardista de Bachelet
Iván Vitta
La designación del
gabinete de Bachelet y de los próximos intendentes generó todo tipo de
controversias, centradas en los problemas de probidad y conflictos de interés
de los designados. Menos atención se puso en la orientación política que estas
designaciones representan en términos de proyecto, fuerzas políticas y fuerzas
sociales de apoyo.
En primer lugar, el
proyecto que traslucen las designaciones es claramente social-liberal, la
variante “progresista” del neoliberalismo. Ello se expresa con nitidez en los
nombramientos en los ministerios sectoriales, en especial en aquél que está hoy
día en el centro de las demandas político-sociales, Educación. Nicolás
Eyzaguirre es un tecnócrata neoliberal que fue director del FMI, instrumento
mundial del sometimiento de las economías periféricas a los dictados del
Consenso de Washington.
La designación de Claudia
Peirano como Subsecretaria de la cartera, quien finalmente renunció, no fue,
como se ha indicado, un “error”. Por el contrario, expresaba la voluntad de
Bachelet de poner a connotados agentes políticos del modelo educacional mercantil
a controlar y darles forma a los cambios que se busca introducir en educación.
Los nombramientos de
Eyzaguirre y Peirano fueron una señal política clara de continuismo orientada
hacia la extensa burguesía educacional que se ha formado en los últimos treinta
años al calor del modelo mercantil.
Las políticas educativas
de la Concertación tuvieron como objetivo, durante veinte años, desarrollar el
capitalismo educacional, inyectándole cuantiosos fondos públicos por decenas de
miles de millones de dólares y desarrollándole un mercado por el expediente de
abandonar la educación pública a la suerte de los municipios que la sostenían,
en el caso de primaria y secundaria, o del autofinanciamiento, en la educación
superior. El debilitamiento de la educación pública no fue un efecto colateral
no deseado; por el contrario, era una condición necesaria para el desarrollo de
dicho capitalismo educacional.
A esa burguesía,
representada a nivel político, dentro de la Nueva Mayoría, principalmente por
la Democracia Cristiana, estuvieron orientados los nombramientos, garantizando
que ningún cambio afectará sus intereses. Es por ello que Bachelet, a pesar de
la reticencia de la propia Claudia Peirano, que le advirtió de su situación
personal, insistió en el nombramiento.
Estas señales en el
sector educación se repitieron en todo el gabinete, al que se incorporaron
cuadros provenientes de grandes empresas mineras, energéticas y de otros
sectores económicos. El mensaje político es claro: la Nueva Mayoría sigue
alineada con los intereses económicos del gran empresariado nacional y
transnacional.
En segundo término, el
gabinete refleja el intento de Bachelet de consolidar su poder personal
rodeándose de un grupo de personeros –con pocas excepciones– de bajo perfil
partidario y alta cercanía y lealtad personal con ella, consolidando al
“bacheletismo” como partido transversal de la Nueva Mayoría y alejándose
claramente de los liderazgos concertacionistas tradicionales, apoyada en una
camada más reciente de cuadros concertacionistas, de un perfil más técnico y desideologizado.
Con un amplio capital político, Bachelet apuesta por una mayor autonomía
política respecto de los partidos de la NM, estableciendo un nuevo equilibrio
con ellos, en el que será ella quien intentará llevar las riendas para darle
credibilidad y coherencia a sus reformas.
En tercer lugar, los
nombramientos muestran que no todos los partidos de la NM tienen el mismo peso
político en el nuevo gobierno. La DC, el PS y el PPD continuarán siendo el eje
político. Los partidos menores (PC, MAS, IC y PRSD) tendrán una presencia muy
menguada en el gabinete y estarán ausentes de las intendencias. En la práctica,
se ha reafirmado el carácter de la NM, siguiendo los deseos de la DC, como coalición
programática y no una de carácter político. Por lo tanto, la Concertación sigue
operando como alianza política de facto.
El rol secundario del
resto de las fuerzas de la NM –la mesa del pellejo– quedó de manifiesto cuando
DC, PS y PPD salieron a pedir explicaciones al PC por las críticas de sus
diputados a las designaciones, obligando a Teillier a desautorizar a sus
militantes.
En conclusión, tanto el
proyecto como las fuerzas de apoyo del próximo gobierno, expresados en las
designaciones, apuntan a una mezcla de continuidad de las políticas
neoliberales junto con cambios acotados y dentro de la lógica del mismo modelo,
no en ruptura con él, los que en ningún caso alterarán la esencia del capitalismo
neoliberal. Los cambios de Bachelet no estarán a la altura de las necesidades
de los trabajadores y el pueblo de Chile.
lunes, 17 de febrero de 2014
A Gabriel Boric sobre Venezuela. Una respuesta necesaria
Carla Amtmann
Iván Vitta
El día 12 de febrero del presente
mes, la oposición de derecha en Venezuela desplegó sus fuerzas para avanzar con
el objetivo asumido desde el momento mismo en que Hugo Chávez Frías llega al
poder en 1999: derrocar al gobierno bolivariano sea cual sea la forma que haya
que utilizar para ello.
Lo acontecido es transmitido por la
prensa internacional hegemónica de manera distorsionada –ninguna novedad si recordamos
la complicidad de los medios en el golpe de estado del año 2002– y, sobretodo,
poniendo el énfasis en las acciones de violencia, que efectivamente se desataron en los centros más
importantes del país, haciendo eco a los
llamados de rebelión que los líderes de la oposición como Leopoldo López, Maria
Corina Machado y Antonio Ledezma han impulsado.
Tras el golpe del año 2002, que se
logró revertir gracias el gran esfuerzo de las fuerzas populares y despliegue
de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, el imperialismo y la derecha venezolana
han buscado diversas estrategias apostando en este último periodo a la vía
electoral –pese a que en un momento previo habían negado incluso reconocer la
Constitución y participar en elecciones parlamentarias-.
Este año, después de tener unos
resultados estrechos en las elecciones presidenciales –aunque menos estrechos
que las diferencias de votos obtenidas incluso en algunas elecciones aquí en
Chile como entre Ricardo Lagos y Joaquín Lavín- la oposición ha desplegado un
guion permanente de hostigamiento y boicot económico desconociendo el triunfo
de Nicolás Maduro. Si bien hay diferencias en el plan a seguir –derrocamiento,
triunfo en referéndum o próximas elecciones- lo claro es que la derecha ha de
velar por la generación de caos y descontrol
ya que restar respaldo popular al gobierno es un requisito previo para
cualquiera sea la táctica.
Las respuestas de los distintos
países del mundo ante esta nueva intentona sediciosa y desestabilizadora no se
hicieron esperar. Ecuador, Bolivia, Cuba, Argentina y Uruguay encabezaron los
apoyos al gobierno bolivariano, enfatizando en la responsabilidad de la
oposición en las acciones de violencia y hostigamiento hacia el gobierno
democrático.
En Chile, las fuerzas se han
manifestado en base a sus diversos principios ideológicos y políticos. La UDI y
la DC se han alineado, como era de esperar en coherencia a su común pasado
golpista, con la oposición venezolana. Las fuerzas pro-bolivarianas han
solidarizado con el gobierno electo democráticamente. Así ninguna de estas
posturas nos sorprendió; en cambio sí lo hizo, cuando apareció, la declaración
del diputado electo Gabriel Boric.
Gabriel, ex presidente de la
Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, es quien hoy se levanta como
uno de los pocos que desde el parlamento defenderá las verdaderas demandas del
movimiento estudiantil.
Militante de Izquierda Autónoma,
agrupación que define al marxismo como parte de su matriz teórica analítica, y
entre sus textos predilectos dicen encontrar a Lenin y Gramsci; frente a la
actual coyuntura, ha realizado una serie de desafortunados e imprecisos
comentarios, que revelan en el futuro diputado y en su colectividad en general,
no solo confusiones y vacíos sino que abiertas contradicciones.
Creemos que estas declaraciones de
Boric no pueden dejarse pasar sin más, y que a su vez debemos contribuir a
sacarlas del debate chico que las redes sociales imponen, que solo hace que se
caigan en generalizaciones que en nada ayudan a la construcción de la izquierda
chilena.
Y es cierto que ante la inmensa ola
de solidaridad y férreo compromiso que la izquierda latinoamericana ha mostrado
en estos últimos días – la que Boric ha calificado de “obsecuente”– sus
palabras son verdaderamente insignificantes. Sin embargo sus dichos, reflejo de
un posicionamiento ambiguo, nos interesan pues se articulan hoy en el contexto
del necesario debate que como izquierda debemos impulsar en Chile, para
enfrentar la necesaria e histórica tarea de construir un nuevo proyecto y fuerza
político social de izquierda para conquistar el Chile del mañana.
Precisamente es en momentos como
estos donde se puede ver con mayor claridad la izquierda que queremos construir
y el proyecto que buscamos levantar para nuestro país. En momentos de crisis se
aclaran las aguas y se despejan las verdaderas posiciones, abriéndose debates
necesarios que debemos enfrentar de manera crítica, fraterna y con mirada de
futuro.
Por tanto, ésta respuesta no está solo
dirigida a Gabriel ni impulsado por sus dichos parcelados, sino que viene a
responder a los principios ideológicos y políticos que sustentan sus dichos y
que consideramos en nada beneficiosos a la hora de plantearnos la construcción
de un verdadero proyecto anticapitalista para América Latina.
Para las generaciones que estamos
llamados a proyectar en el futuro los cambios en Chile y América Latina, la revolución bolivariana es el primer
proceso que vivimos conscientemente desde su gestación y hemos seguido hasta el
día de hoy. Marca nuestra historia latinoamericana, nos enseña diversas
lecciones de lo que hay que hacer como también de lo que hay que evitar
realizar, y por tanto también lo que sea
que queramos o no pensar para Chile. Es importante y vale la pena entonces detenerse
en ello.
Vamos por parte.
Gabriel ha señalado tres
comentarios sobre la coyuntura política especial que se vive hoy en Venezuela.
Lo primero que plantea es que “La izquierda latinoamericana no puede
permanecer impávida, obsecuente, y acusando de fascista o traidor a todo quien
critique al gobierno de Maduro. Es un hecho que en Venezuela hay problemas (de
distintas índoles y por diversas causas), y la irreflexividad solo atonta e
impide aprender para avanzar”.
Ya partimos confundidos. ¿A qué críticas se refiere?
Siendo una declaración al día siguiente del inicio de las protestas, se puede
suponer que se refiere a las críticas que enarbolan los venezolanos que salieron
a protestar contra el gobierno bolivariano. De ser así no podemos permitir ninguna
concesión al respecto.
Que en Venezuela hay problemas no cabe ninguna duda,
que hay deficiencias, corrupción y que se atraviesa por una crisis económica es
algo que se debe analizar y poner siempre sobre la mesa. En la propia izquierda
venezolana y continental hay un permanente debate sobre esta situación,
buscando aportar y poder destrabar aquellos nudos que impiden seguir
profundizando y avanzado el proceso abierto con el triunfo del Comandante Hugo
Chávez.
Pero de ahí a suponer que las manifestaciones callejeras, recién
vistas, son el correlato en la calle de las críticas ante esos problemas es un
grave error, una inaceptable tergiversación o una falta de información
inaceptable en un futuro diputado de izquierda. No cabe duda que las
movilizaciones de estos últimos días en Venezuela las ha orquestado la
oposición de derecha.
Y todos sabemos que el verdadero objetivo de la
oposición venezolana con las protestas de esta semana no es corregir los
errores de la Revolución Bolivariana, sino desestabilizarla y, finalmente, derrotarla. Ante ello, la
ambigüedad de Boric en este apartado solo tiene como resultado un blindaje gratuito y pernicioso a una oposición que no
critica los problemas y deficiencias del modelo, sino que, al contrario,
critica los logros que han resultado de él: la pérdida de poder de la burguesía
y el imperialismo, y el empoderamiento de los sectores populares. A las
críticas de la derecha no se le puede hacer ni una sola concesión y como ellas
son hoy las protagonistas del escenario que se desarrolla en Venezuela, debemos
cerrar filas junto a todas las fuerzas venezolanas y continentales, -muchas de
ellas profundamente críticas ante los errores y deficiencias del proceso-, que
hoy apoyan al gobierno bolivariano.
Si a críticas desde la vereda del socialismo,
antiimperialismo y latinoamericanismo se refiere, entonces abierto está ese
profundo debate de crítica y autocrítica que debe atravesar la izquierda y del
cual muchas de las fuerzas bolivarianas son parte, siempre que son posturas que
apuntan a un fortalecimiento y profundización del proceso y no a una retira
ante las fuerzas opositoras.
Luego de este inicio ambiguo Gabriel Boric señala
como segundo punto “Lamento y condeno los asesinatos de estudiantes y un
civil, sea quien sea quien haya apretado el gatillo. Sin matices”.
Aquí se pone aún más
inconsistente nuestro “marxista”, al colocar en un mismo plano moral la violencia que en todo proceso revolucionario los
sectores dominantes oponen al avance de las fuerzas sociales populares, con las
medidas y medios necesarios que dichas fuerzas populares oponen a esa violencia
reaccionaria.
Aun compartiendo la preocupación
sobre la agudización de la violencia política desatada, y lamentando la muerte
de jóvenes que muchas veces son convidados a defender intereses ajenos, lo
justo sería esperar las investigaciones y clarificación de los hechos, antes de
lanzar los dardos. No olvidemos que a los días siguientes del triunfo de Maduro
murieron en manos de la oposición 11 chavistas, y que dentro de los asesinatos
de estos días había por lo menos un militante del PSUV. La violencia desatada
durante todos estos años de gobierno ha venido la mayoría de las veces por
parte de los grupos de derecha. ¿Son entonces estas tres muertes lo que debe
ponerse en el centro para tomar postura y para matizar nuestro apoyo al
gobierno bolivariano? Creemos que no.
Pero lo más importante tal vez
sobre este punto, como segundo aspecto, es la inferencia como postura generalizada,
moral e ideológica que manifiesta sobre la violencia cuando plantea un análisis
“sin matices”. Aquí nos saldremos del contexto y nos iremos a las diferencias
de fondo que tenemos con las posiciones detrás de las expresiones de Boric.
En una revolución, las fuerzas
revolucionarias no tienen sólo el derecho, sino el deber de defender el
proceso. La experiencia histórica, incluyendo el golpe militar de 1973 que
Boric menciona más adelante en su declaración, muestra que la reacción burguesa
e imperialista no tendrá ninguna compasión con las fuerzas populares si estas
se dejan derrotar. Organizar la fuerza necesaria para romper la resistencia de
la reacción es, por una parte, una necesidad política que permite destrabar el
avance del proceso; pero es también una obligación moral para con los cientos
de miles de trabajadores y trabajadoras, con las amplias masas populares que
deciden apoyarlo.
Toda revolución produce su propia
legitimidad y legitima a su vez los medios necesarios para su avance, en la
medida que es la expresión de la voluntad de amplias masas trabajadoras y
populares. Entre esos medios está el uso de la fuerza, incluso de la violencia
armada, en forma proporcional a la resistencia del enemigo.
Si en 1973 la Unidad Popular
hubiera tenido la capacidad real de detener el golpe militar y hubiera
derrotado esa intentona, ahorrando al país miles de asesinados y desaparecidos,
decenas de miles de torturados y exiliados y generaciones completas arrasadas
por el capitalismo neoliberal, ¿cabría lamentarse acaso de que hubieran caído
algunos sediciosos que combatían por los privilegios de clase de la burguesía y
del imperialismo? ¿Podrían ponerse en un mismo plano que aquéllos que hubieran
rendido su vida en defensa de los intereses de los trabajadores y del pueblo?
La respuesta política y moral es un rotundo no.
El
tercer punto de Boric es una crítica a la derecha en Chile: “la derecha chilena es muy doble estándar.
Defienden el derecho a protestar, en otro país. Critican la represión del
gobierno, en otro país. Se escandalizan por falta de pluralismo en los medios,
en otros países”…
Y es cierto, efectivamente eso es lo que hace la derecha,
y además miente. Porque si de concesiones se trata, si de libertad de expresión
se trata, en Venezuela hay muchos más mecanismos pese a tener a fuerzas
sediciosas activas y hostiles a la institucionalidad dentro.
Pero eso no es “doble estándar” compañero, son intereses de clase.
La derecha, al estar en el sitial hegemónico en
Chile, no tiene pudor en así asumirlo. Nos
empuja a nosotros al debate moral, a los
principismos, cuando ellos sin tapujo se pasean desde la democracia a la
dictadura, de la violencia al pacificismo sin ningún problema. Porque ellos sí
que han entendido los principios de Marx al parecer mejor que muchos de los que
se dicen de izquierda.
Finalmente viene su remate “Por último, yo
condeno y lamento la violencia sin matices, pero no por eso me sumo al golpismo
de Leopoldo Pérez, Machado y Ledezma. Esa historia ya la escribieron aquí y
terminó muy mal. Ojalá el pueblo venezolano logre, con autodeterminación y en
forma pacífica, salir adelante de esta crisis, fortaleciendo su democracia y
recuperando la convivencia entre hermanos”
¡Qué
bien que condene los intentos golpistas! No se esperaba menos. Pero como espera
usted que se haga frente a dicho plan violento y nefasto que se articula desde
la embajada norteamericana. ¿Una convivencia pacífica con Leopoldo Pérez quien firmó el año 2002 el
Acta de Carmona?
El
problema no lo resuelve la violencia, eso es claro, por ello es fundamental que
se guíen los esfuerzos en base a un plan que debe estar marcado por un
importante proceso de mejorías del modelo, haciendo frente a la corrupción y a
la crisis económica; apostando por mantener todo el apoyo popular que este
proceso a logrado desplegar y avanzando en el paso de las clientelas políticas
–que mucho sirven para ganar elecciones pero poco para profundizar y defender
procesos- a la militancia político social, y en ello consolidar lo hasta ahora
avanzado. Sin embargo, es perentorio poner freno definitivo a la sedición, y a
los planes golpistas. En eso, al contrario de lo que usted señala, y como todo
marxista en Chile ya debiera haber aprendido, no sirven los pactos de hermandad
ni las buenas voluntades.
¿Si
acaso la sedición continúa y se desata una guerra civil –lo cual claramente
esperamos que no suceda- debemos suponer que en base a los principismos y buenas voluntades enarboladas
por Gabriel habría que tomar palco? Tal como ha
señalado el futuro diputado, hay que preguntarse por qué pasa esto en
Venezuela. Si considera que la respuesta está por sobre todo en las gestiones y
errores del proceso –y gobierno-, es también entonces de suponer que cree que
hay un camino para la izquierda anticapitalista en América Latina que puede
evitar los enfrentamientos con las fuerzas más sediciosas de nuestro
continente. ¡Que peligrosa sentencia en alguien que busca contribuir en la
construcción de un nuevo proyecto revolucionario en Chile!
En momentos
históricos como los que se viven en Venezuela, donde se están destrabando los
principales nudos de la Historia, donde la victoria de unos es la derrota de
otros, es cuando no se permiten en política posiciones ambiguas, o imposturas. Cuando
se agudizan las contradicciones o se toma partido con quienes buscan sabotear
el proceso y retrotraer la Historia, aun a costa de generar derramamiento de
sangre del propio pueblo, o se está con quienes valientemente, con fuerza y con
coraje, se oponen a dichos intentos golpistas.
viernes, 24 de enero de 2014
La Haya: el “mal vecindario” pasa la cuenta
En los próximos días va a conocerse el fallo del Tribunal Internacional de La Haya sobre el diferendo de límites marítimos entre Chile y Perú. Más allá de los pormenores del resultado, este episodio –al que debemos agregar el anuncio de Bolivia de recurrir al mismo tribunal para exigir solución al enclaustramiento marítimo que sufre desde hace más de un siglo– constituye un serio revés de la política exterior chilena.
Desde el retorno de los gobiernos civiles en 1990, la diplomacia chilena se ha caracterizado por un desprecio olímpico por los asuntos de América Latina, a la que, en un gesto de enorme soberbia y prepotencia, se motejaba de “mal vecindario”, mientras en paralelo se calificaba a nuestro propio país de “alumno aplicado” (del consenso de Washington y las recetas neoliberales, se sobreentiende).
Desde 1990, la política exterior chilena ha sido una política de mercachifles y tenderos que salen a buscar mercados para sus uvas, manzanas y berries. Por lejos, la principal preocupación de la diplomacia chilena la constituyó la búsqueda de acuerdos comerciales que abrieran los mercados de ultramar para los bienes primarios que forman nuestra canasta exportadora. En la medida que los principales objetivos eran EEUU, la Unión Europea y los mercados asiáticos, la prioridad comercial resultó en una muy baja prioridad diplomática para América Latina.
Como contrapartida, una de las principales señales políticas de Chile hacia América Latina ha sido su desorbitado gasto militar, el tercero de Sudamérica tras Brasil y Colombia.
A este cóctel de soberbia, desinterés hacia la región y lo que es percibido como una carrera armamentista, se agrega además el desprecio hacia demandas políticas de los países fronterizos, ante las cuales nuestro país se ha refugiado en una postura puramente jurídica, eludiendo los debates de fondo.
Esta actitud de la diplomacia chilena no es el fruto de tales o cuales características personales de quienes han estado a cargo de las relaciones exteriores con América Latina. La política exterior chilena es la prolongación en el espacio internacional de los objetivos políticos internos del bloque dominante, que a su vez están determinados por el patrón de acumulación capitalista primario-exportador instaurado por la dictadura y profundizado por los gobiernos civiles.
Durante la dictadura esta política exterior no tuvo ocasión de manifestarse, pues las prioridades de los cancilleres de la tiranía estaban en enfrentar el aislamiento internacional del régimen pinochetista. Al asumir los gobiernos civiles de la Concertación, despejada la variable de estabilidad y legitimidad institucional del gobierno chileno del escenario internacional, comenzó a aplicarse la política centrada en abrir mercados y atraer inversión extranjera, acompaña de las muestras de soberbia y prepotencia mencionadas, que corrían en paralelo al sometimiento a los dictados de los centros financieros internacionales.
La participación reciente de Chile en espacios de integración regional, como UNASUR o el CELAC, es muy insuficiente, porque carece de convicción profunda; ha estado marcada más por la necesidad de hacer frente y plantear alternativas al “populismo” –los proyectos políticos antiimperialistas del subcontinente– que por objetivos de largo plazo.
El Perú, que desde mediados de los años 90 empezó un proceso acelerado de asimilación de las recetas neoliberales, ya a mediados de la década pasada alcanzó tasas de crecimiento que superaron a las de Chile. Se transformó en competidor directo de nuestro país como exportador y como plataforma para atraer inversión extranjera. Una cuota importante de dichas inversiones corresponde a empresas chilenas, como LAN o Falabella, que han sido atraídas por el dinamismo de la economía peruana. Es en este contexto que la burguesía del Perú ha venido desarrollando una activa política exterior.
Por lo tanto, la demanda peruana no está motivada por el revanchismo ni el resentimiento, como caricaturiza la prensa chilena, sino por intereses políticos y económicos que se unen con y resignifican los recuerdos de la Guerra del Salitre. Es parte de la competencia económica entre las burguesías chilena y peruana por atraer el favor del capital transnacional.
Una política de integración regional soberana sólo puede nacer de un modelo de desarrollo y de fuerzas sociales distintas a las que hoy dominan en el país. Es necesario dejar atrás el capitalismo neoliberal y retomar la senda de soberanía nacional interrumpida en 1973, comenzando con la recuperación de los recursos naturales y los sectores económicos estratégicos, con el protagonismo de los trabajadores y los pueblos de Chile.
Se trata en definitiva de pasar del enfrentamiento entre pueblos hermanos al enfrentamiento conjunto con el verdadero enemigo, el imperialismo y sus aliados, las burguesías locales. En ese camino, los pueblos de Chile y Perú marcharemos unidos.
viernes, 10 de enero de 2014
El pueblo te llama Michelle
En las elecciones presidenciales de 1946, Pablo Neruda
dedicó unos versos al candidato radical Gabriel González Videla, apoyado por el
Partido Comunista: “Desde la arena hasta la altura,/desde el salitre a la espesura,/el
pueblo te llama Gabriel,/con sencillez y con dulzura/como a un hermano, hermano
fiel”.
El resto de la historia es conocido. Con el inicio de la
Guerra Fría, González Videla se alineó con Washington e ilegalizó al PC. La
política de alianzas con la burguesía “democrática”, levantada por el PC desde
los años 30, se reveló como una ilusión y terminó en un completo fracaso.
Aunque no es probable un desenlace tan catastrófico, las
mismas ilusiones se repiten hoy con el apoyo del PC a Michelle Bachelet y su
decisión de entrar a formar parte del gobierno de la Nueva Mayoría (la antigua
Concertación más el PC). En el pleno del Comité Central realizado el 21 de
diciembre pasado, el PC fija su postura partiendo de varios supuestos falsos.
El primero de estos supuestos es que el programa de Bachelet
“propone una transformación estructural del país, actuando sobre tres ejes
principales: Nueva Constitución, Reforma Educacional y Reforma Tributaria”.
Cualquier examen del programa revela que éste deja intocados pilares
fundamentales del capitalismo neoliberal instaurado por la dictadura y
profundizado por los gobiernos de la Concertación. Los cambios que se plantean
no proponen terminar con el modelo, sino, como reconoció Ricardo Solari al
diario español “El País” el 1° de Diciembre pasado, salvarlo: “lo único que
pone en riesgo el modelo chileno es no hacer cambios”.
En primer lugar, el programa no propone cambios en aspectos
como la legislación minera (ni menos revertir el 70% de privatización del
cobre), las ISAPRES, las AFP y su régimen de capitalización individual ni el
código del trabajo (Fundación Sol ha calificado las medidas laborales del
programa de Bachelet como “tibias”).
En segundo lugar, en las áreas en que el programa sí plantea
cambios, éstos vienen con letra chica. La Reforma Tributaria se acompaña de una
reducción de los impuestos a los más ricos desde el 40% al 35%: con la
“reforma” de Bachelet, Andrónico Luksic pagará menos impuestos.
En la Reforma Educacional, se busca legitimar las posiciones
que ha conseguido la educación privada por el medio espúreo de declararlas “de
interés público”, siguiendo un engendro conceptual denominado “régimen de lo
público”, pergeñado por ideólogos concertacionistas como Alfredo Joignant,
inspirado en las políticas del neolaborismo de Tony Blair para privatizar
servicios sociales británicos.
En materia constitucional, la redacción de la nueva
constitución quedará en manos del parlamento binominal, condimentada con
“consultas” a los actores sociales que no son ni vinculantes ni resolutivas, un
escenario similar al que fue en su momento la Comisión Asesora Presidencial por
la Educación, creada por Bachelet para desmovilizar la rebelión de los
pingüinos y terminar pactando la LGE con la Alianza.
Ése es el programa que el PC ha hecho suyo y al que jura
lealtad política: el programa de la burguesía “progresista” para reconstituir
la gobernabilidad del capitalismo neoliberal.
El segundo y decisivo supuesto del PC se deduce de lo
siguiente: “debe quedar claro que no surge del programa un cuestionamiento del
capitalismo como sistema. No se visualiza la contradicción Capital – Trabajo
como la generadora principal del conflicto social”. No es el momento de poner en el centro la
contradicción capital-trabajo y por lo tanto hay que subordinarse a la
“burguesía democrática”.
La del PC es la posición clásica del menchevismo: en una
revolución democrática, el partido obrero debe subordinarse a la burguesía. El
Lenin de “Dos tácticas” y el Marx de “Mensaje del Comité Central a la Liga de
los comunistas” proponían algo diametralmente opuesto: en una revolución
democrática, el proletariado debe ir mucho más allá del programa que está
dispuesto a respaldar la “burguesía democrática” y debe mantener una
orientación política independiente.
Es lo mismo que dice la experiencia latinoamericana
reciente: la Revolución Bolivariana del Comandante Chávez pudo avanzar porque
desde el principio rompió con el COPEI y Acción Democrática, el
socialcristianismo y la socialdemocracia venezolanos, avanzando con su propio
programa de reformas democráticas radicales de horizonte emancipatorio.
Iván Vitta
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